Siempre se supo que el hijo menor de Mercedes gustaba de las chicas con situaciones complicadas, pero en verdad no fue mayor problema hasta que apareció aquella misteriosa pelirroja con aire de pueblo. En el poco tiempo que pasó por el hotel local nada pudimos averiguar de ella. Le gustaba pasearse en las tardes con vestidos multicolores, sencillos collares, y alguna que otra vez con una capellina que el tiempo había maltratado. De rumores nos fuimos enterando que era una sobrina lejana del señor Fustos y que había llegado al pueblo por propias recomendaciones suyas.
Desde el principio comentaba Mercedes que aquella pelirroja le parecía una mujer que se escondía de un pasado oscuro y que cargaba con tanta tristeza que sus hombros jamás se encontraban erguidos.
Una tarde entro a la mercería de Mercedes con un apuro tal que se podría creer que estaba por perder el tren de las ocho, y compro un ovillo entero de lana suave color dorado, y otro igual de color rosa pálido. Mercedes quiso aprovechar la situación para sacarle información pero antes de que haya terminado de parpadear la pelirroja salió dejando el cambio. Luego de esto Mercedes advirtió a su hijo que bajo ningún motivo debería relacionarse con aquella muchacha, a lo que su hijo sin dar mucho consentimiento al pedido, termino la charla con un beso en su frente para dejar los ánimos calmados.
Durante 5 días la misteriosa muchacha cortó sus paseos, saliendo de su casa solo para ir a comprar al almacén. Al sexto día se la vio desde temprano caminando por el parque central, luciendo un hermoso abrigo de colores rosa pálido y dorados; cuando Mercedes la vio tuvo que reconocer el excelente trabajo que había realizado con ese abrigo. Luego de esto, a partir del día siguiente, cada una de las tardes siguientes eran maravillosas. Los celestes del cielo, los verdes de los parques, los dorados ocasos, absolutamente todo empezaba y culminaba con explosiones de colores sin igual. Aquella mujer paseaba, y las tardes eran hermosas.
El hijo de Mercedes ya se encontraba para estas alturas, totalmente entregado en cuerpo y mente. Aquella mujer lo tenía a mal traer y ni siquiera nunca habían cruzado palabra. Una tarde intentó cruzarse en su camino sin motivo alguno, solo para cortar su paso con una disculpa iniciadora de alguna charla, pero no logro tan solo llegar hasta la vereda paralizado por el miedo, no de la muchacha, sino a su propia madre que tarde a tarde le insistía por el alejamiento de aquella mujer.
Y ella seguía paseando, y las tardes eran aún mas bellas; hasta que un día volvió a ingresar a la tienda de Mercedes, ya no con el mismo apuro que la vez pasada, sino que esta vez ponía énfasis en todo lo que iba recorriendo con sus ojos y dedos al rededor de la tienda. No hubo charla. Un pequeño comentario sutil sobre una tela floreada que se encontraba colgada detrás del mostrador, pero no hubo charla. Antes de irse, le solicitó a Mercedes sedas, de colores gris, durazno y celeste. En distintos tamaños pidió sus cortes, pago, y se retiró con una sonrisa agradeciendo la amable atención. Y así fue como una vez mas la muchacha pasó 5 días encerrada en su casa, saliendo solo para los víveres y artículos de aseo. Al sexto día Mercedes y su hijo esperaban que se repita la misma historia y sin equivocarse pasó que ella salió por la tarde luciendo una hermosa pollera larga hecha totalmente en seda, con distintos cortes solapados entre si, de los colores comprados. Esta vez, Mercedes sintió una gran envidia al trabajo logrado, y su hijo quedó aun más perdido en el amor. Tanto que le suplicó a su madre que quitara esa restrinción estúpida y sin fundamentos de no dejarlo intentar llegar al corazón de aquella mujer. La madre volvió a negárselo.
La mañana siguiente se levantó un cielo nublado claro, sin lluvias, con un clima encantador, mezcla de la primera floresta de primavera y las lluvias purificadoras del otoño. Hacía mas frio que en los días anteriores pero nada que no se pudiera soportar. Aquella mujer paseaba, y las mañanas eran pacíficas.
La obsesión del hijo de Mercedes se fue tornando en broncas hacia su madre. Ya prácticamente no le hablaba, solo lo justo y necesario. Le molestaba todo de ella. Si estaba, sino lo hacía. No quería su comida, sus palabras, sus cuidados, su amor. Todo y lo único que quería es tener a la mujer de los cabellos de fuego.
Y ella seguía paseando, y las mañanas eran pacíficas; y como pasando una y otra vez la misma película, otro día entró a la tienda de Mercedes pero esta vez se encontraba su hijo, bajando la mercadería recién llegada. Mercedes se puso realmente incómoda. La imagen le molestó tanto que su cara se transformó de tal manera que parecía que había cumplido 20 años mas de un solo abrir y cerrar de puerta. El hijo quedó atónito, cosa que tanto Mercedes como la muchacha notaron sin saber muy bien que hacer. El hijo soltó lo que traía entre manos y dirigió sus impulsos en dirección de la pelirroja pero su madre gritó en seco su nombre, al cual el hijo respondió con una mirada fúrica, y le indicó que vaya a ocuparse de las cosas por las cuales estaba allí. La muchacha notó la fricción en el aire y como si tal cosa hizo unos increíbles ademanes entre las muestras de telas, como haciendo que no llevaba interés en la conflictiva escena. Cuando por fin Mercedes logró alejar a su hijo del lugar, tensamente le preguntó a la mujer que era lo que estaba buscando. Ella le respondió que aun no lo sabía, que venía a ver que cosas le convencían, que no sabía que era lo adecuado para esta nueva prenda. Mercedes pensó en ayudarla pero prefirió no hacerlo. Solo le dijo que no se demorara mucho porque aquel día tenía que cerrar mas temprano para acomodar mercadería nueva que había llegado. La muchacha entre sorprendida y molesta le dijo que lo entendía, y que siendo así prefería volver a los días para buscar entre los nuevos materiales.
Esa misma noche, casi llegando a la madrugada, la pelirroja recibió una visita que llegó en un carruaje maltrecho y sucio. Según cuenta la vecina chismosa de los alrededores, ella llegó a ver bajar dos hombres robustos y altos, que vestía capas que llegaban arrastrándose hasta el suelo. Que ellos mismos bajaron una especie de tubo largo de color blanco y que por los gestos que hicieron aquellos dos hombres era realmente pesado. Ellos ingresaron a su casa, pasaron allí unas dos horas, y luego salieron. Lo que no recuerda la vecina es que sucedió con el cilindro que bajaron. Ella cuenta que no está segura de verlos salir con el, pero que también las horas de la noche la encontraron adormecida, y que tal vez ella no logró ver pero que en realidad si se lo llevaron con ellos.
La mañana siguiente, a los pocos minutos que Mercedes abrió su tienda, la muchacha entró y caminó de un modo pesado directamente hacía ella. Con la mirada perdida, apenas en un tono audible, le pidió nueve bolas de estambre blancas, de las mas finas y puras que tuviera. Sin entender Mercedes le consultó para que quería tantas, pero ella solo le dijo que las necesitaba para varias piezas, y aunque Mercedes no le creyó, logró juntar aquella cantidad y se las vendió inconforme. La muchacha, sin decir nada pagó y se fue aun con el paso mas cansado que en su entrada. Mercedes sintió angustia y pena.
Los 5 días restantes la muchacha no dio signos de vida. Esta vez no salía de su casa para las compras. Pero todas las noches, masomenos en la misma hora, aquella carreta aparecía para que dos hombres siempre igual vestidos de negros largos, sacaran de allí un tubo blanco y en 20 segundos desaparezcan de aquel lugar. El hijo de Mercedes ya no podía estar tranquilo consigo mismo de ningún modo. Los nervios y las dudas carcomían cada pensamiento. Cada día que pasaba era como un puñal clavado en su cuerpo, sin que su madre le dejara siquiera preguntarle a aquellos hombres que es lo que estaba pasando. Así fue que el sexto día llego y ambos estaba igual de excitados por ver a la pelirroja con sus nuevas prendas paseando. En la mañana no se presentó. Y ya estaba culminando y aun no aparecía. Mercedes estaba realmente aterrada con lo que había sucedido con aquella mujer, y para aliviar su alma y la de su hijo, le mando a este que vaya a ver que es lo que había pasado en esa casa. Cuando llegó a la puerta, a punto de golpear, esta se abrió, y salio de su interior aquella mujer. Ella lo miró tristemente y como sintiendo una gran pena, se acercó hasta su rostro y con la mano acarició su mejilla, frenando a la altura de su mentón, donde junto a una lágrima le dijo – Así debe ser.. El se quedó petrificado en ese mismo lugar, y ella avanzó por el sendero hasta el parque. Cuando se alejó lo suficiente Mercedes corrió hasta su hijo, y cuando llegó a el y lo tocó, el muchacho inspiro profundamente como si acabara de volver a latir su corazón, y sin mas explicación se abrazó ha su madre y lloró desconsoladamente.
La pelirroja se encontraba en su tradicional paseo cuando la tarde comenzó su fin. Fue un hermoso atardecer, con el sol casi rojo como su cabello, y el cielo frío como un lago del polo sur. Cuando el último rayo de sol por fin se desvaneció, la nieve comenzaba a golpear la tierra. Nieve en su forma mas pura. Nieve que caía recta por la inexistencia del viento, como suspendida infinitamente en el aire. Nieve cristalina y helada. Aquella mujer paseaba, y la noche eran claras.
Aquella fue la última noche que se vio pasear a la misteriosa pelirroja. Luego de esto, aquel carruaje la recogió y jamás se supo de ella. El hijo de Mercedes la busca incansablemente pero nunca encuentra nada, como si nunca hubiera existido, como si nunca la hubiera conocido. Todo lo que tiene es un recuerdo.
Aquella mujer se había ido, y desde aquella noche, siempre, siempre, nevaba…
= ADN =

